PAN, VINO Y AZÚCAR

Cuando Juan de la Cruz Megías no sabía hacer fotos fotografió Pan, vino y azúcar, una mirada inocente y salvaje sobre su familia, sus amigos, su pueblo. Ignoraba entonces que más tarde haría de ese juego una profesión. Y este libro, sin saberlo, encierra ya todos los libros y todas las fotos que vendrán después. Escrito de memoria y para la memoria, Pan, vino y azúcar trasciende el relato íntimo y nos ofrece una crónica tierna y veraz de la España de la transición.

Antonio Ansón

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En El Cabezo de la Cruz, el mismo lugar donde volábamos las birlochas, fabricadas con papel cebolla, agua con harina como pegamento y cuerda de cáñamo, tal y como me enseño mi abuelo, existe todavía el tobogán natural de pizarra plana y lisa donde las zagalas se rompían las bragas y nosotros los pantalones.

El abuelo Juan. Todo el mundo dice que Juan Megías ha quitado mucha hambre en el Cabezo durante la guerra, en la posguerra y después, fiando cuando sabía que no iba a cobrar nunca, pero tratando con mucha seriedad las cuentas anotadas en papel de estraza, el mismo en que se envolvían las morcillas, pero delicadamente cortado a cuchillo.

José el Volanteras, también apodado el Ja Ja mis Pavos. Lo de Volanteras le venía porque en un arrebato comenzó a lanzar tortas de Pascua (dulces árabes de almendra y miel que todas las familias cocían en la panadería del pueblo en navidad), hechas por su madre, sobre los tejados como si fueran platillos volantes, argumentando que las tortas eran volanteras.
Lo de Ja Ja mis Pavos por que iba de muy sobrado, de fuerte. Cuando le saludabas, ¡Hola José!, te respondía: ¡Estoy hecho un mulo! Convenció a Pacoche, el mancebo de la farmacia, para que le sirviera un justificante como que pesaba ciento veinte kilos, que iba enseñando a todo el que se encontraba.

José el Volanteras decía con voz de carajillo “zapatos Gorila, zapatos para todos los niños”. Con estas expresiones nos despertaba por las mañanas temprano cuando pasaba por la puerta de casa. Recuerdo con ternura que era protagonista y víctima a la vez, cuando los mozos del pueblo lo retaban en el bar y, provocándolo en mitad de la discusión, golpeaban la pared aparentemente con el puño, exagerando la maniobra, aunque el impacto lo hacían con la palma de la mano. Realizado de tal manera que sonara fuerte y con la rapidez suficiente para que José no viese el truco. José, como un buen pequeño saltamontes, se creía lo que más le interesaba. Por supuesto que él sí golpeaba la pared con los nudillos. Al menos tenía experiencia, y la habilidad para golpear calculando la fuerza suficiente, justo al limite, dejando un poco de piel en la pared, cristalizando la mirada, pero eso sí, nunca llegar a llorar. En ocasiones se le podía ver de paquete en una gran bicicleta oxidada, de aquellas que llevaban un faro de moto, manejada por su hermano. Pero lo habitual era verlo caminar solo, decidido, y siempre con la misma ropa. El mejor retrato que poseo de José lo hice en Churra, entre mi pueblo y el Puntal, donde residía. Es una fotografía en la que el Ja Ja mis Pavos imita una posición de kárate replicando a Kung-Fu.

Lo normal para referirse a una persona o familia eran los apodos. José el Torrisos, el Barrigueras, el Buzo, el Pacoche, el Cobetón, el Noches, José el Volanteras o Ja Ja mis Pavos, el Carajuelo, el Guartel, el Nabo, la Fortunera, el Bicicleto, la Corbillona, la Merguiza, el Pavo, la Mona, el Panza, el Mellao, Jauja, el Pajarote, el Cagarrias, Juan el Mierda, el Novias, el Perullo, el Mislán, el Vicios, el Tontarra, la Serena, el Follón, el Tarumba, el Cojo-la-rugía, el Orejón, el Caliche, el Perdío, el Zorro, el Judío, los Indios, el Bueno, el Lagaña, el Macareno, el Fanfarrón, el Marqués, la Jarricas, el Meloso, el Facha, el Cambiao, el Pertiguero, el Melones, el Tomate, el Jazmín, el Colilla, el Cura, Pepe de las bicicletas y Paco de las motos.

El placer de almorzar disfrutando a base fuagrás, atún o sangre frita, y para merendar bocadillos de pan con vino y azúcar, chusco más onza de chocolate, rebanadas con aceite y sal, pringue de cerdo o pimentón, que así parecía sobrasada.

El cabrero, familia de arrieros y cojo, era el primero en anunciar la mañana a ritmo de campanillas. ¡Arriba que ya han pasado las cabras!, con esta frase nos despertaba mi madre.

El repartidor de agua potable se modernizó, cambiando mula-tanque-carro por un tanque-isocarro. El lechero también abandonó su bicicleta por una Rieju de 49 cc. pero con el mismo sistema de alforjas-bombonas, soldadas con estaño. Ambulantes pasaban el chambilero, el de las monas y cuernos de merengue, el señor de la rogalizia y cañadú. El único que se mantuvo fiel a su triciclo-cesto fue el Buzo, familia de los Indios. Madrugaba para vender sus lechugas en la capital. Ahogado en vino y sin dinero, era incapaz de regresar por sus propios medios y terminaba la mayoría de las veces en medio de la carretera panza arriba.

A los once años, descubrí la fotografía gracias a un profesor salesiano de primero de Bachiller, Don Cándido Orduna Abadía, alias la Pantera Rosa. Disponíamos de laboratorio en el colegio y nos explicó, sólo a los interesados, cómo funcionaba una cámara fotográfica y se revelaba una foto. Fue en ese curso de primero cuando me trajeron de Oriente los Reyes Magos mi Voigttlander, la primera cámara que entraba en casa de mis padres, y también en la de mis abuelos, con más de veinte y tantos nietos.

El Padre Consejero, así de natural se le llamaba al salesiano encargado de administrar la disciplina y curar nuestras malas ideas con unas recomendaciones que nos levantaban en el aire, en ocasiones por las orejas, otras por las patillas.

Platicar un mozo con una moza en la puerta de su domicilio suponía ser su pretendiente. Si después de un tiempo de insistir en sus intenciones era aceptado por la familia pasaba a platicar en el interior, ascendiendo de pretendiente a novio formal. Cuando la relación no tenía la bendición de los padres era muy común “llevarse la novia”, raptarla en moto o bicicleta. La cuestión era pasar una o dos noches juntos, para regresar supuestamente en pecado y no tener mas remedio que armar una boda inminente.

Y para ligar nada mejor como las fiestas patronales del pueblo, Cabezo de Torres, o las de Puente Tocinos, Llano de Brujas, Churra, Zarandona, Beniajan, La Alberca, Aljuzer, Alcantarilla y Las Torres de Cotillas, que visitábamos atajando por sendas de la huerta a lomos del vespino. En invierno, gracias a los picap, se bailaba en los guateques Las flechas del amor, Sex Machine, La nave del olvido, y también en las discotecas de la capital, Ditirambo, Nixon, Momo o La Story, frente al cuartel de la guardia civil, famosa por contar con reservado tranquilo y llenar la pista con las lentas.

Las procesiones eran espectáculos, pasarelas de moda donde dominaba el negro, siempre encabezadas por el estandarte del Tonirro, beato y monaguillo voluntario. Servían de escenarios en movimiento por donde desfilaban las mayordomas de la Virgen en mantilla, el alcalde con un gran cirio en la mano, la Guardia Civil y las solteras en promoción.

La puerta de la iglesia, un teatro al aire libre donde se representaba el auto de los Reyes Magos, el boxeo, las bodas, la cucaña, carreras de cintas, entierros y bautizos.

La basura la recogían Dionisio el barrendero y el Noches, un hombre pequeñico, muy borrachico, y muy querido por todos, tocando casa por casa con el carro y la mula.

Las lluecas se emborrachaban con vino y miga de pan para que no levantasen el culo del huevo.

Las manifestaciones eran velódromos donde poder agitar el recién estrenado pelo largo. Acudíamos a todas sin importarnos la temática con tal de correr delante de los Grises.

La droga era barata y de buena calidad. Nosotros, los últimos bachilleres, no tuvimos hermanos mayores para aprender. En mitad del entusiasmo generacional por el cambio político y la muerte del Generalísimo, se te morían los amigos. Fuimos los primeros jóvenes obligados a sobrevivir a la heroína.

Para beber, un cuba libre, de Larios por supuesto, porque también existía ginebra Lirios.

Cristóbal el Nabo tirando de un carro con frutas y hortalizas, sirviendo como lazarillo de su padre ciego, tenía licencia para no ir a la escuela. Hoy es Concejal de Plazas y Mercados.

El Mislán, homosexual y albañil, era admirado por sus disfraces de carnaval estilo Brasil, que confeccionaba él mismo. En una ocasión calculó mal y no dudó en romper la puerta del patio antes que el traje. Su último diseño fabricado con jopos de acequia le costo la vida. El mechero idiota de unos menores convirtió a la reina de la selva en hombre llama.

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